¿Están de moda las fotos malas?

En estos días he estado pensando que hace años, una foto explotada, movida o con flash directo no tenía manera de justificarse. Estaba mal y punto.

Hoy, veo cómo esas mismas fotos aparecen en campañas comerciales, en las redes de marcas internacionales, en anuncios de restaurantes exitosos. No por error, sino con toda la “mala” intención.


Y ahí es donde cambia todo.


Porque la fotografía “mala” que vemos hoy no es improvisada. No es descuido. Es una estética con reglas propias, aunque no lo parezca. La cultura se cansó de la perfección, sí, pero eso no significa que se cansó de la calidad. Lo que se cansó fue de la técnica obvia, del acabado que se siente demasiado producido, demasiado perfecto, demasiado consciente de sí mismo.


La fotografía cruda funciona cuando parece simple, pero detrás hay mucho control.


El flash directo, por ejemplo, no se usa porque no se sabe iluminar. Se usa porque aplana la escena, elimina dramatismo, quita jerarquías y deja todo al frente. Es un flash pensado para no embellecer, para documentar, para decir “esto es real”. Pero ese flash requiere decisiones: distancia, ángulo, potencia, temperatura de la luz, cuánto explota y cuánto deja caer.


El movimiento no es falta de pulso. Es velocidad de obturación baja a propósito. Es decidir qué se deja borroso y qué se mantiene legible. Es entender cómo el ojo va a leer esa imagen y dónde se va a quedar.


El grano no es ruido sin control. Es textura. Es elegir ISO alto, o forzar el archivo, o intervenirlo en postproducción sabiendo hasta dónde aguanta sin dañar la imagen. Hay una línea clara entre una foto con carácter y un archivo que no funciona.


Incluso la mala iluminación, esa luz dura, fea, sin forma aparente, muchas veces está bien puesta. Está pensada para no dramatizar, para no romantizar, para quitarle solemnidad al momento. Nada de eso pasa por accidente cuando lo hace alguien que sabe.


Aquí es donde mucha gente se confunde con esta tendencia. Se asume que si la foto se ve “mal”, entonces es fácil, que cualquiera puede hacerlo. Y ahí empiezan a aparecer imágenes sin dirección, sin mensaje, sin intención. La diferencia entre una foto “mala” que funciona y una que no, no está en lo que se ve, sino en si hay alguien detrás que entiende lo que está haciendo y por qué.


Rick Rubin lo resume de otra manera: “Busca aquello que tú notas y nadie más ve.”

Y Seth Godin lleva años insistiendo en una idea incómoda pero real: “En un mercado saturado, no destacar es lo mismo que ser invisible.” Tal vez por eso estas fotos que parecen “malas” están por todos lados: no porque sean descuidadas, sino porque están hechas para romper el patrón y llamar la atención de otra manera.


La fotografía comercial sigue siendo un activo. Lo ha sido siempre. Lo que cambió es la forma en que se presenta. Hoy no siempre tiene que verse pulida para ser efectiva, pero sí tiene que estar pensada.


Las modas pasan. El profesionalismo no.

Las fotos “malas” pueden estar de moda, pero cuando no hay dirección, se nota. Y cuando hay intención, también.


Y esa es la diferencia.

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